Siempre regreso feliz de mis viajes, porque vuelvo; y triste, porque regreso. Después los guardo en este escondite; para que no se pierdan, para que nunca terminen.

miércoles, 6 de junio de 2018

El asiento amarillo y los objetos perdidos



De vez en cuando se me acerca algún neófito con intención de consultarme y recibir consejo sobre tal o cual aspecto a tener en cuenta a la hora de viajar o, incluso, a la hora de comprar una motocicleta. No soy yo persona muy propia para ofrecer consejos, porque si yo los recibiera de alguien como yo, tampoco los tomaría muy en serio.
Pero como quiera que la consulta casi siempre viene acompañada de agradable conversación y de algún ameno refrigerio, siempre ofrezco, al menos, atención.

Entre las preocupaciones de quien pretende iniciarse en este mundo, sin fin, de los viajes en moto, hay, al menos, dos grupos: las perogrulladas que la falta de experiencia hace que casi todos nos preguntemos alguna vez; y otras mucho más profundas, mucho más inquietantes, mucho más absurdas.
Creo que, antes de comprar mi primera moto, nunca me planteé que cuando, algún día, fuera a Senegal la moto pudiera dormir siempre en garaje; nunca me preocupó, antes de hacerme con mi primera moto, qué iba a comer en Azerbaiyán; nunca me pareció imprescindible que mi primera moto tuviera que tener tanta potencia, mucho menos que tal o cual botón del manillar fuera indispensable; nunca me planteé la necesidad de que el casco tuviera un intercomunicador con el que pudiera hablar con el pasajero y con no sé cuántos amigos más…

Así las cosas, mis respuestas son cada vez más simples; cada año que pasa, cada viaje del que vuelvo, me demuestran lo sencillo que es el asunto. Con el paso del tiempo, lo único que repito a unos y otros es que para viajar en moto hacen falta solamente dos cosas: la primera, una moto y la segunda, arrancarla.
Todo lo demás, realmente, carece de relevancia. De verdad.
Todas las dudas, todas las incertidumbres, todos los miedos que en algún momento tenía e incluso me impedían comenzar algún viaje, los he ido perdiendo, los he ido archivando en mi oficina particular de objetos perdidos.

Hace unos días, me vi a mí mismo, todavía sin carnet de moto, paseando por la Vía Romana de Ibiza, parado frente al escaparate de Ciclo Sport.
Quería comprarme una moto, pero no tenía ni idea de qué tipo, qué cilindrada y, mucho menos, qué marca.
Pero allí, en aquel iluminado escaparate, había una estupenda BMW F 650 GS, negra con un espectacular asiento amarillo. La suerte estaba echada, yo quería aquel asiento, la moto me daba igual, pero el asiento estaba elegido. Y así fue, así comenzó todo. Tan simple.






Ayer estaba a orillas de mi mar Cantábrico, oteando el horizonte, cuando recibí un mensaje. Jaume Torres, “el poeta de las tuercas”, se ha jubilado.
Se me encogió el estómago.
Seguro que ahora tiene tiempo para todo y no le da tiempo a hacer nada.
Jaume no es una persona real. Es un personaje escapado de alguna novela de ficción, ciertamente, irrepetible.
Nadie, en la isla, sabe más que él de BMWs, nadie las arregla y las mima como él, nadie entiende al motero, ni cuida al viajero como Jaume.
Como tanta gente en las islas, acostumbrado a tantos amigos de paso, su corazón era, en principio, hermético. No era fácil colarse por ahí, pero alguna rendija debió dejar abierta. Sí, alguna debió dejar.

El bueno de Jaume, birra en mano, me enseñó en aquellos años muchas de las cosas que ahora sé; incluso me enseñó muchas de las que todavía no sé.
Me enseñó a ser leal a mis principios, a remar contra corriente, a tener cuatro ideas claras, a no tener horarios, a soñar con barcos que zarpaban desde Ibiza -o que volvían-, a disfrutar de una buena conversación, a saborear una buena comida… a que para hacer un viaje en moto solamente hace falta una moto y arrancarla.

Puedo imaginar todas las motos de la isla vagando, como náufragos, buscando, sin brújula…
Ibiza ha perdido su pequeña catedral motera, aquella a la que tanto me gustaba peregrinar.
Ha perdido las atenciones de Antonia, ha perdido los poemas que mimaban cada tuerca, ha perdido los consejos que aliviaban cada duda, ha perdido la ilusión de un asiento amarillo.
Y todo esto, no lo encuentras en objetos perdidos.




Publicado en Motoviajeros, junio 2018

miércoles, 4 de abril de 2018

Viajes imperfectos




Hoy, que llevo toda la tarde esperando una tormenta que no llega, me ha dado por ponerme melancólico y echar la vista atrás.
Repasando algunas fotografías, reviviendo algunos viajes, he llegado a la conclusión de que, probablemente, en cuanto a hacer el petate y arrancar la moto se refiere, siempre haya tenido más ambición que talento.
Ambición que me ha llevado a no saber por dónde estaba en unos cuantos cruces, a no saber viajar más lento, a no conocer más personas, a caerme alguna vez, a perderme tantos lugares imperdibles… con más talento, todo eso no hubiera sucedido, pero está claro que uno tiene sus limitaciones.



Recuerdo que, hace años, en un pub, conocí a un escocés cuyo nombre nunca aprendí y al que nunca pude agregar a facebook, porque, entonces, no había. Las dos o tres pintas que habíamos bebido le ayudaron a que se le desatara la lengua y a mí a traducir bastante mejor. Comenzó a hablar de su trabajo: Todo se lo tenían que pedir dos veces, todo lo hacía tarde pero, todo lo hacía bien. Dos veces, tarde y bien…
Imaginé que no podía ser bombero, porque me costaba entender que se pudieran dar las tres condiciones con éxito. Pero entonces explicó:
Dos veces, para filtrar todo lo que no era importante, todo lo que él entendía que no debía hacer él (y que no hacía).
Tarde, porque a él no le importaba el tiempo, él consideraba únicamente el resultado. El apremio suponía un error de cálculo del que daba la orden o de quien esperaba el trabajo finalizado.
Y bien, porque su trabajo, siempre bien hecho, era el salvoconducto perfecto para que se le permitieran las dos licencias anteriores.





Y como la tormenta sigue sin llegar, me ha dado por intentar adaptar la teoría del escocés a mis viajes imperfectos… quizás no fuera tan descabellado intentar hacer cada viaje dos veces. Tal vez fuera interesante volver a pasar por cada uno de los lugares por los que he pasado. ¿Me permitiría eso viajar más rápido o, por el contrario, tardaría menos kilómetros en hacer cada uno de los viajes? ¿Me garantizaría terminar mejor cada uno de ellos?
Estoy seguro de que volver a llegar a John O´Groats no podría ser tan emocionante como aquella primera vez, cuando tenía dudas reales de si en alguna otra ocasión volvería a conducir mi moto tan lejos de casa; estoy seguro de que volvería a viajar con Juanma por los Alpes en invierno, aunque tampoco volviéramos a poder subir a los famosos “pass”; estoy seguro de que no me distraería tanto en La Puglia sabiendo que a Messina no se llega cruzando un puente, sino en ferry, pero no paladearía tanto el sur de Italia; estoy seguro de que no volvería a llevar a Marta por aquella pista tan peligrosa, aunque entonces nos perderíamos aquella hermosa puesta de sol en Malta; estoy seguro de que pondría más atención conduciendo camino del Amboseli, pero no hubiera conocido en primera persona la extraordinaria faceta humana de Polo; estoy seguro de que me volvería a dar la vuelta estando tan cerca de Ívalo, porque volvería a llegar hasta allí para conocer a aquel buen hombre; estoy seguro de que en Japón volvería a viajar despacito, aunque ahora sé que allí apenas hay radares, porque no los necesitan; estoy seguro de que llegaríamos a Villa O´Higgins, aunque tampoco pasaría nada si no volviéramos a llegar esta vez tampoco; estoy seguro de que volvería a tomar unas cervezas en aquel pub escocés y, esta vez sí, intentaría entender bien su teoría con alguna pinta menos


Probablemente, repetir viajes sea algo interesante, pulir errores, partir con la ventaja de conocer lo que no era tan importante… pero no tengo tan claro que así sean mejores viajes. Algo debí traducir mal en aquel viejo pub, lo sé.
Ah, al fin acaba de comenzar la tormenta.
Creo que mañana saldré de viaje.
Aunque vuelva a ser un viaje imperfecto.




Publicado en Motoviajeros. abril 2018

sábado, 3 de marzo de 2018

El mundo no se acaba allí





Oro y perros

Yo estaba emocionado, uno no cruza el estrecho de Magallanes todos los días. 
Unas toninas, una suerte de delfín austral, salen juguetonas, a nuestro encuentro.
Cuando al fin apoyamos nuestros neumáticos en la mítica Tierra del Fuego llegamos a Porvenir. ¡Qué sugerente!
Debe su origen, y su nombre, a la fiebre del oro de finales del siglo XVIII. Pero el oro se acabó y solamente se quedaron con el nombre.
Aprovechamos para comprar algunos víveres, no en vano, hoy dormiremos en Ushuaia. 
Hay dos calles principales, un parque y unos veinte perros. A mí me persigue uno.
Cuando, finalmente, nos vamos del pueblo mi cara refleja una cierta preocupación, no tanto porque al fin llegamos al ripio y viento patagones sino porque… ¿Será nuestro porvenir como el del pueblo, vacío de oro y lleno de perros?




El sueño de Bajo Caracoles

Algunas noches sueño que todavía estamos en Bajo Caracoles, en mitad de la nada, en la Patagonia, sin gasolina.
Sigue sin haber combustible en el surtidor más triste que jamás haya visto, por mucho que se intente disfrazar con miles de pegatinas viajeras.
Casi 200 kilómetros nos separan de Cochrane y su gasolinera repleta de nafta. No llegamos.
Vuelvo a hacer una fotografía panorámica, vuelve a salir un secarral, cuatro cosas y cuatro casas. Y la Ruta 40.
Hoy ha llegado un ciclista, ha comido algo, ha comprado agua y se ha ido. Es mi superhéroe.
Por la tarde han llegado cuatro motos con depósito de treinta litros y dos autocaravanas. Han fruncido el ceño al ver que del surtidor (el más triste que jamas haya visto, ya te digo) cuelga una araña que teje su telaraña. Pero después de descansar un rato, han huido, sabiendo que pueden llegar hasta Gobernador Gregores, al sur.
Les despedimos con resignación y con bastantes lágrimas en los ojos… y volvemos a nuestro cautiverio esperando que llegue del cielo un camión lleno de gasolina, que llene el surtidor (el más triste que jamás haya visto, ya sabes) y éste llene nuestras motos.
Pero luego me despierto, sudando, con la lengua seca, con polvo en mi frente. Una telaraña se escapa de mi sueño y entonces recuerdo que, aquel día, mientras yo esperaba sobre la moto, Quique perseguía al habitante de Bajo Caracoles hasta que consiguió convencerle para que hurgara en el depósito y encontrara diez litros para cada uno, con tal de que nos fuéramos.
El triste surtidor sonrió cuando nos vio escapar.
La araña, ni se movió.



Una montaña que fuma

En El Chaltén nos quedamos sin dos fotografías, la mía porque nos fuimos, la suya porque el Fitz Roy, la montaña que fuma, no dejó de bailar con las nubes.
En el pueblecito hay mucho ambiente montañero. Cumbres míticas, montañas bellas. Las estrellas se posan sobre las nubes blancas alumbrando el camino de los silencios. Hace frío de nieve. Debemos irnos.
Por aquella larga y triste recta, de vez en cuando, Quique y yo mirábamos por nuestros retrovisores. No lo olvides, Fitz Roy, nos debes dos fotografías.




El lago y su espíritu

Chelenko duerme en el fondo del segundo lago más grande de Sudamérica. 
Eso creíamos.
Un día fuimos a ver la catedral, las capillas, las cavernas y los animales. Todos de mármol. Y si hubiera dado tiempo, algunos glaciares. Todo espectacular en los catálogos de turista.

A mí me dio la risa. No digo yo que no fuera bonito, pero yo no veía ninguna de las figuras.
Enfadado, Chelenko dejó el fondo del lago y las aguas empezaron a moverse y a subirse a nuestra lancha.
En la proa van dos chicas, una no ha pagado y la otra ha subido invitada. Van empapadas. El israelí que también, no ha abierto la boca en todo el trayecto.
Nuestro capitán va implorando a voz en grito que el espíritu del lago se tranquilice. Un detalle que al espíritu no sé, pero a nosotros no nos tranquiliza mucho.
Cuando, al fin, pisamos tierra firme, el japonés nos devolvió las cervezas que debimos haber bebido, plácidamente, durante la navegación. 
Estoy seguro de que por los valles de los Andes aún se puede escuchar la voz de aquel loco capitán, a ratos suplicando, a ratos desternillándose:
¡AFÍRMATE, CHELENKO, AFÍRMATE!




  Carlos, de Bariloche

Conocimos a Carlos, de Bariloche, en San Carlos de Bariloche. Un tío poético hasta para eso. Acostumbrado a rimar grandes triunfos laborales con grandes decepciones personales. Un día cumplió 50 años, se compró una bicicleta y dejó de fumar. 
Su almohada, siempre huele a perfume de mujer.




El hechizo del hielo

Cómo iba yo a decir que no fuera hermoso. Lo que digo, es que, aquel día, no había magia.
Tantas ganas tenía de ir, tantas fotografías había observado, tantas historias me habían contado que, cuando aquella extraordinaria carretera, repleta de maravillosas curvas entre bosques y lagos, nos dejó frente al glaciar Perito Moreno, una pequeña dosis de decepción se apoderó de mí.
El glaciar es enorme. El sonido de sus paredes de hielo desprendiéndose cada poco rato para caer sobre el lago, es estremecedor. Las hordas de turistas eran menos gruesas de lo previsto. Un momento esperado, un deseo cumplido…
Ya de vuelta, siguiendo las estelas de Eduardo y Quique, comienzo a sonreír. Es el lago, el lago Argentino.
El lago nace del derretimiento de varios glaciares. Hielo derretido. Leche glaciaria.
Arrastrando diminutos sedimentos que se han ido erosionando de las rocas, arrastrando diminutos reflejos de las estrellas que noche tras noche, durante miles de años, se miraban en el reflejo del Perito.
A ratos era turquesa, por momentos era de tonos azules que yo jamás hubiera imaginado. Verde era a veces, índigo era otras… y al fondo, el árido color de la tierra seca, tonos beiges y marrones… contraste mágico e inesperado, el alma del Perito Moreno salía a despedirnos. 
Momento de paz. 
Colores hermosos y hechiceros que, para siempre, me llevo.



Llueve en los Andes


Un día empezó a llover.
Parecía lluvia imposible.
Yo llevaba un pellejo de borrego en el asiento y las botas sucias. No necesitaba más.
Había obras. Cualquier día de estos el ripio desaparece.
Santa Lucía se recuperaba, paso a paso. Tristeza, silencio. Me hubiera gustado pasar con la moto apagada por allí.
En Futaleufú hay varias cabañas, muchas casas de colores y tres restaurantes. Entramos en los tres y solamente nos quedamos en el último. Había una camarera suiza que había vivido en Brasil y ahora trabajaba en un restaurante italiano de Chile. Ninguno acertamos su acento.
Ya de noche, sigue lloviendo. Se está bien.
Pero lo importante, es que tú lo veas.



El mate de Horacio


Siempre había momento para beber un buen vaso de pisco. Justo antes de cenar o después, junto a la chimenea, acompañando una interesante tertulia.
A Horacio le gustaba salir a pescar, llegar a algún lugar de acceso complicado, lanzar su caña, montar la tienda, meditar, respirar, vivir… así al menos tres días. Lo contrario no es pescar.
Un día cualquiera se dio cuenta de que un buen trabajo no era una buena vida. 
Compró una caravana, cruzó la frontera, encontró una colina y se quedó. 
La colina le trajo al bueno de Pancho. Menuda suerte la suya.
Por las mañanas, todas las mañanas, se levanta y con su mate, mira hacia el este y ve cómo amanece.
Por las tardes, todas las tardes, desde su colina y con su mate, mira hacia el oeste y ve cómo anochece.
Siempre encuentra momento para un buen vaso de pisco.
Horacio es feliz.
Horacio tiene un amigo escribiendo estas líneas.





El fin del mundo


Un día Quique me invitó a ir al fin del mundo y, yo, nunca olvidaré ese generoso gesto.
Cierto es que, tal y como sospechaba, de las dos versiones del faro del fin del mundo, una está en la cárcel y la otra es falsa… pero llegar a Ushuaia, en moto, es realmente, muy emocionante. 
Cierto es que, tal y como intuía, a Quique le gusta organizar cada detalle del viaje, cada cruce, cada situación… pero rodar por la Ruta 40, curvear por la Carretera Austral, cambiar de país por el Paso Roballos, es realmente, un privilegio que espero no olvidar.
Cierto es que, tal y como figuraba, viajar acompañado no siempre es fácil. Aguantar algunas cosas y que aguanten las cosas de uno, no es, a veces, sencillo… pero viajar, por el ripio, por la Patagonia, ha sido uno de mis mejores viajes. 
Cierto es que, a veces, cuando llega el silencio, ya no queda nada.
Cierto es que el mundo no se acaba allí



(Publicado en Motoviajeros.net en marzo de 2018)


viernes, 2 de febrero de 2018

La navaja del fin del Mundo




Hoy, que todavía sigue lloviendo, he comprado una navaja. La del fin del mundo. Porque hasta allí la quiero llevar, porque hasta allí me gustaría llevar su historia, la historia de una navaja que he comprado llena de recuerdos un día que, aún, sigue lloviendo.
Hace algunos años, viajando por las Galias, llegué hasta La Rochelle. De entre todos sus faros, de sus curiosos faros, me llamaba la atención uno: el faro del fin del mundo.
Solo recordar su nombre, asusta; solo contemplar su ubicación, satisface; solo imaginar su historia, emociona.
Construido con madera de cedro y zinc, descansa sobre varios pilares por encima del mar. Es una réplica del que se encuentra en la otra punta del Atlántico, en la Patagonia, en la Tierra de Fuego, en la isla de los Estados, en el cabo de Hornos…
Allí donde se unen los océanos, donde terminan o empiezan tantos viajes, donde Julio Verne situó una de sus mejores novelas. Tierras inhóspitas, de fuerte viento y clima recio. Tierras en las que ni siquiera el faro de San Juan de Salvamento, el faro del fin del mundo, resistió.
Abandonado a su suerte durante casi un siglo, quedó en ruinas hasta que a finales del siglo pasado fuera restaurado y trasladado de lugar, a la cárcel-museo de Ushuaia.
Mientras tanto, un equipo comandado por el francés André Bronner construyó en La Rochelle, sí, con madera de cedro y zinc, una réplica del auténtico faro del fin del mundo. Una réplica que, desmontada, viajó hasta Argentina, hasta la Patagonia, hasta la que había sido su ubicación original, donde se ensambló nuevamente, donde se encendió su linterna el 26 de febrero de 1998. No creo que sea casualidad que se cumplan ahora veinte años.
Bronner fue astuto guardándose, como parte del pago, el derecho a construir una réplica más, para que luciera frente a la costa de su localidad natal, La Rochelle. Ese faro que, entonces yo, admiraba.




Como me ha sucedido en muchas ocasiones, allí, mientras sonreía mirando aquel duplicado de faro, realmente yo veía el original. E imaginaba que algún día, tal vez, yo pudiera llegar hasta allí, hasta el auténtico, hasta el fin del mundo… ¿qué más puede soñar un aprendiz de viajero?

Los años pasaron, los viajes se sucedieron y algunos sueños, se cumplieron. Pero no fue hasta hace algunas semanas que recibiera este escueto mensaje:
-¿Has estado en Sudamérica? ¿Te vendrías conmigo?
La generosa oferta, tenía pocos inconvenientes pero de cierta contundencia: por un lado el verano austral apremiaba y la ventana de fechas recomendables era muy pequeña. Y ninguna me venía bien. Por otro lado, mi conocida costumbre, casi ancestral, de viajar solo o con Marta… casi cualquier otra opción multiplica el riesgo de que el viaje termine como el rosario de la aurora… (por cierto, no te lo había comentado, ronco).
La cosa es que entre un inconveniente y otro, cuando “se pare la rotativa” y estas líneas salgan a la luz, estaremos volando hacia Sudamérica y, allí, cuando aparquemos nuestras motos frente al faro del fin del mundo, prometo llevarme la mano al bolsillo de mi chaqueta de los viajes y acariciar mi navaja, mi navaja nueva llena de recuerdos. Recuerdos de un hombre amable, de un caballero… recuerdos de un hombre generoso, risueño, complaciente, bondadoso, enérgico, atrevido… recuerdos de un infatigable viajero, de un sibarita culinario, de un paladar agradecido… recuerdos de todos sus GPSs, de su buggy, de su moto, de sus navajas… recuerdos de un referente, de un compañero y de un amigo…
Y con toda seguridad, seguirá lloviendo.




A José María García Escalona, “Capi”


In memoriam.

(Publicado en Motoviajeros.net en febrero de 2018)

lunes, 1 de enero de 2018

La memoria de las motocicletas




De vez en cuando me gusta venir a tomar un café a este faro destartalado. Qué le voy a hacer, la carretera de la costa, bien merece el sacrificio. Me encanta quedarme absorto contemplando el horizonte… mucho cielo y mucho mar, mucha nube y mucha ola… el paraíso.
Y me vienen a la memoria todas las motos que he tenido, que tampoco han sido muchas, y los miles de cruces en los que me he perdido con cada una de ellas… ¿Qué recordarán ellas de aquellos kilómetros? ¿Se acordarán de mí?



La primera vez que arranqué la “Sultana”, mi permiso de conducir tenía la tinta del sello de la fecha bien fresca. Con ella me di cuenta de que no nací para hacerme mayor. Lo mío era disfrutar de cada kilómetro, soñar con cada cruce, ir a cualquier lugar, saber con certeza que alguna vez iría a Dakar. No era pequeña, pero tampoco una moto grande. Con ella aprendí que cuando puedes ser feliz con una camiseta, no necesitas comprarte una camisa.
Seguro que no se ha olvidado del día que tuvo que venir mi buen amigo Juanjo a rescatarnos de aquella bajada a Roca Llisa… ¡yo tampoco!




Cuando vi una GS 1200 Adventure por vez primera, caí prendido. Dos meses después estaba arrancando mi “Mamut”. Con ella empezaron las frecuentes salidas a la península, las tiradas de mil kilómetros y la primera salida a Marruecos. Lo mismo veíamos amanecer en el Mediterráneo que el atardecer en el Atlántico unas cuantas horas después. Conocíamos cada rincón de la costa… aquella moto olía a gasolina y a salitre a partes iguales. Un mal encuentro en una curva con un coche que invadió nuestro carril, fue un triste final que el “Mamut” no merecía.



Nunca segundas partes fueron tan buenas como cuando me hice con los servicios de “Simba”, mi segunda Adventure. Esta moto sí que se lo pasó bien. Todo le parecía poco. Seguro que recuerda, tan bien como yo, todos los viajes. Empezaron a caer pegatinas en sus maletas y kilómetros en su marcador… Aquella salida hasta Escocia sin preparar nada, la primera vez en Estambul o el intento de llegar a Cabo Norte aquel otoño, con la misma equipación que hubiera llevado para ir a Guadalajara. La escalera que me llevaba, lleno de ilusión, a aquel garaje, tenía catorce escalones.



“Áuryn” fue mi tercera Adventure. Una bruta. 130.000 kilómetros en algo más de dos años dejaron constancia del asunto. En aquella época las Adventure ya estaban muy de moda, parecía que muchos moteros las idolatraban, pero no se trataba de eso, se trataba de valorarlas. Y esa moto valía mucho. ¿Se acordará del día que fuimos a dar un garbeo por los Alpes y terminamos en Polonia? ¿Tendrá en su memoria los kilómetros de Islandia? ¿El día que íbamos a Cabo Norte y decidimos darnos la vuelta para ir Holanda? ¿La entrada ilegal en Bielorrusia? ¿Y aquellos días con Marta en Malta?


De “Sestriona” me acuerdo mucho. Era la moto que menos me pegaba pero la que más echo de menos. En tres meses comprendí que lo nuestro no iba a ningún lado pero, a pesar de todo, me hubiera gustado saber tocar el piano para interpretar alguna sinfonía de Bach cada vez que montaba en ella.



Y después llegó “Billow”, tan azul como el cielo y el mar que se ve desde este faro. La moto que me llevó hasta el mar Caspio, la moto con la que llegué hasta Dakar, aquel destino que sabía imposible cuando viajaba con Sultana, la moto que me ha traído hasta este acantilado, lleno de nubes y olas donde me han venido a la memoria todas las motos que he tenido.

Que, después de todo, no son muchas.

(Publicado en Motoviajeros.net en enero de 2018)

martes, 12 de diciembre de 2017

Retales de algunos sueños





Qué le vamos a hacer, propósitos, lo que se dice propósitos, no gasto. Yo estoy más interesado en tener sueños. 
Me gusta mucho soñar con que algún año iré hasta tal lugar y al otro y al otro. Que veré esto y aquello, que conoceré a tal y a cual, que leeré sobre esto, que escribiré sobre aquello… son muchos sueños, tantos que al final, algunos, muy pocos, se van cumpliendo… terminan siendo los retales de mis sueños.
Y en este año que comienza, yo sueño con seguir conociendo, en moto, al menos un país nuevo… y sueño con que un día, tal vez, estemos sentados en un acantilado, junto a la moto, observados por un koala curioso, comiendo pipas viendo los doce apóstoles australianos… 



Otras veces, sin embargo, sueño con que llego hasta la duna 45 de Namibia, hago una foto de una acacia seca y te la envío. Y tú, como sabías que soñaba con ese momento, sonríes. Y yo, como sé que sonríes, sonrío. Tan lejos, tan cerca… 
En otros sueños, sueño que me pongo un pendiente de oro en mi oreja, como hacían los valientes piratas, como hacen los intrépidos marineros, por doblar el cabo de Hornos, donde se unen los océanos, donde nacen los vientos, donde comienzan los viajes o donde acaban… sí, un pendiente, porque, a lo mejor, hacerlo en moto también cuenta ¿imaginas?



Otras veces sueño que el dónde no importa tanto, así que sueño que esté donde esté, veo todos los amaneceres del año. 
Bueno, no todos, porque a veces puede que tenga sueño todavía y esté soñardo. Soñando que veo todos los atardeceres del año, sí, eso, todos los atardeceres. Y justo antes de que se vea el “rayo verde” tú pegas un salto de alegría. Y luego, mientras suenan lejanos timbales, nuestras siluetas se dibujan cogidos de la mano.



En ocasiones, en mis sueños, hay mucha gente. En ocasiones sueño que había muchos motoviajeros, sueño que ninguno había sido el primero en llegar a ningún lugar, que ninguno se inventaba ningún mérito, que ninguno iba presumiendo de lo bueno que era con el prójimo, que nadie jugaba con “saquitos de arroz”, que nadie iba vendiendo libros que no sabía escribir. Nadie envidiaba tonterías, ninguno presumía de boberías.
Sueño, a veces, que salto en todos los charcos, que canto con cada tormenta, que bailo en todos los puertos.
Sueño que vamos a todas las sidrerías del mundo (pero a todas, eh) y que probamos todos los chuletones. Sueño que, ejem, alguno no llegaba siempre tarde.
Sueño que, esté donde esté, veo dos destellos blancos cada diez segundos.



Pero, algunas veces, abro los ojos y me entra mucho miedo por si no estaba soñando… ¿Y si nunca hubiera soñado que compraba aquella moto de asiento amarillo? ¿Si no hubiera soñado que a San Marino se llegaba por Malta? ¿Si mis sueños no hubieran pasado por el Amboseli? ¿Si nunca hubiera soñado con un autobús en el Fuji? ¿Y si en mis sueños nunca apareciera el faro de las rabas?

Entonces vuelvo a cerrar los ojos y sigo soñando, aunque sea con retales. Después de todo, todo el mundo sabe que los soñadores, siempre aciertan.




(Publicado en Motoviajeros.net en diciembre de 2017)