Siempre regreso feliz de mis viajes, porque vuelvo; y triste, porque regreso. Después los guardo en este escondite; para que no se pierdan, para que nunca terminen.

jueves, 17 de febrero de 2011

La siesta de San José y algunas fotografías








En aquella sombremesa yo no tenía sueño, tenía sueños…
El tubo de escape de Simba no me dejaba dormir… decliné la posibilidad de tumbarme a la siesta y dejé que Morfeo guiara el manillar de mi moto, sin importarme demasiado las decisiones que tomara a cada cruce.











Y desperté en las inmediaciones de San José. Del pueblo, digo, claro.
De lo inmaculado de sus casas pasé al cálido desierto, al frío mar, a la fina arena, a las artísticas rocas esculpidas en medio de las playas, al cielo azul, azul, azul… y yo ya no sabía si realmente estaba soñando que estuviera despierto.


















Y cuando el sol iba desapareciendo, el Cabo hacía lo contrario y se divisaba en lontananza, sobre el manillar de Simba. Torres de vigilancia, torres de iglesias, salinas, mar… el paisaje seguía siendo onírico.











Como un sonámbulo apuntaba con mi cámara de fotos hacia cualquier dirección, para poder demostrarme el día siguiente que había estado despierto, allí, donde, no hace tanto tiempo, las focas convivían con los flamencos, donde el sol se baña todas las tardes en el mar, donde San José duerme, donde el viajero sueña, despierto, a la hora de tu siesta…















Y ahora, viendo las fotografías no sé si aquel día de la siesta, lo habré soñado o si todo habrá sido un sueño...





miércoles, 3 de noviembre de 2010

Un hombre bueno



No sabía qué hacer. Estaba agotado, helado de frío... hacía un rato que ya era de noche y no circulaba ningún vehículo por aquella carretera. Carretera que, como yo, estaba helada también.
Unas horas antes había cruzado el círculo polar ártico, por Rovaniemi, sin ningún problema pero, para recorrer los últimos 100 kilómetros había tardado 3 horas.
Y yo, no sabía qué hacer.
El único hotel que había visto estaba en lo alto de una nevada colina. Imposible subir en moto. Imposible siquiera dejarla junto a la carretera... imposible salir del pequeño surco de asfalto en el que me encontraba.
De vez en cuando varios renos o alces cruzaban la calzada, la congelada calzada, y resultaba realmente complicado frenar la moto o esquivarlos.
En una vaguada vi una gasolinera.
Al llegar comprobé que estaba cerrada… y apagué la moto. Allí, en mitad de la calzada, helada, oscura y solitaria, quité la llave del contacto y, sin bajarme de mi montura, esperé que ocurriera algo porque, yo, no tenía ni idea de qué hacer.



Y allí, sin saber (ni importarme) de dónde llegaba, apareció mi ángel de la guarda. Se acercó con su sonrisa escondida tras un discreto bigote y, en inglés, me increpó:
- Te he visto hoy tres veces y tres veces he pensado que estás loco.
Avergonzado, asentí sonriendo.
Sin necesidad de explicar demasiado le conté que no sabía qué hacer, allí a cuatrocientos kilómetros de Nordkapp a donde pretendía llegar con mi moto aquel maravilloso y frío mes de octubre.
Propuso una solución para la motocicleta y otra para mí.
Entre los dos llevamos la moto, como pudimos, por encima de una enorme placa de hielo hasta aquella gasolinera. Y allí quedó aparcada dispuesta a pasar su noche más gélida. Cogí algunos enseres de mis maletas para la pernocta y me llevó en su furgoneta (con ruedas de clavos) hasta un hotel que se encontraba en las cercanías. Me esperó por si no quedaban habitaciones libres. Sí había.
Después me indicó un pub en el que servían las mejores cervezas de Finlandia y no consintió que le invitara a una.
-Thank you, thank you- le repetía sin parar.
Entonces me di cuenta de que no era justo utilizar las mismas palabras para agradecer que alguien me abra una puerta o me dé el cambio al pagar una cuenta, que para expresar mi sincero agradecimiento a quien, desinteresadamente, me ayudó a salir de tan mayúsculo problema.
Y le dije lo primero que me pasó por la cabeza. O por el corazón:
-You´re a good man, my friend, you´re a good man!
Y aquel ángel de la guarda que me socorrió en mitad de Laponia, esbozó una serena sonrisa y, desapareció.





Continúa aquí...
http://escandinaviasegunmcbauman.blogspot.com/

lunes, 4 de octubre de 2010

Perfect day

Pequeñas cosas



Ponerme la chaqueta de los viajes, saborear un café en un bar de carretera, quedar contigo para hacer una salida, una salida dominguera.

Hacernos fotos. Hacerte muchas fotos. Esperar a que anochezca, quedarnos tontos mirando, mirando nuestras motos.

Escuchar tus sueños, atravesar desiertos, ascender a esas montañas, sentirnos del mundo, del mundo los dueños.

Imaginar mi chaqueta... mi motocicleta... surcando felices el otro lado, el otro lado del planeta.

Contar las millas, el tiempo que pasa... ir contigo al zoo, al cine, volver contigo a casa.


Sentirme diminuto en el desierto, en tus sueños, en las fotos, en mi motocicleta... en la carretera...









miércoles, 29 de septiembre de 2010

¿Loco?






De verdad, esto tengo que contártelo, te lo digo muy en serio:
En ocasiones, cada vez en más ocasiones, veo rutas...

Mire a donde mire, imagino carreteras que lleven hasta el final de la tierra, pistas que suban por encima de las nubes, autopistas que no sé a dónde llegan, caminos que pasen por detrás de tu casa...
Si abro un libro, las veo; si miro la televisión, las veo; si me asomo a la ventana, si hago una foto, si arranco la moto... las veo, las veo y las veo.








Despúes, confuso, me pregunto si estarán ahí todas esas rutas o si son sólo fruto de mi imaginación...
¿Y si un día arranco la moto y salgo a comprobarlo?
¿Te imaginas?
Dime, ¿me estaré volviendo loco?


martes, 21 de septiembre de 2010

Sé lo que hicisteis el último verano


Te quejas porque ha llegado el otoño, pero yo sé lo que hiciste el último verano…

Sé lo de Ibiza, lo de los sultanitos, lo de Antonia y Jaume, lo de Inma y Charly yo sé.
Te quejas porque ha llegado el otoño, pero sé lo del desierto de Tabernas… lo de Carboneras y Granada… yo lo sé.

Sé lo de Almería, sí, lo sé. Y que estuviste en Gandía también.
Te quejas, te quejas, te quejas… pero sé lo que pasó a orillas del Tormes. Y lo de la sierra de Alcoy… no te quejes, que sé lo que pasó en Cartagena. Y lo de la ballena…

Sé que quisiste subir a Sierra Espuña, sé que te reuniste con más de dos mil moteros en Formigal y que elegiste sólo a dos para llegar a Francia.

Sé que se mete el sol, que se acaba el verano yo sé… pero,
¿de qué te quejas Simba, de qué te quejas?