







No sé cómo me perdí pero no había duda de que me había perdido.
El laberinto de callejuelas no tenía lógica alguna. La moto pasaba a duras penas entre los mercaderes que acababan de cerrar sus negocios e iban apareciendo y desapareciendo entre nuevas y estrechas callejuelas que yo no comprendía cómo surgían de la nada…
Por primera vez en el viaje sentí frío.
Y oscuridad, sentí oscuridad. Casi miedo.
De algún lugar apareció una cara sonriente.
-¿todo bien, amigo?- me preguntó
Decidí quitarme el casco para tranquilizarme y contestar que no.
-¿pero tú no eres de aquí? con esa cara pensaba que sí, con esa matrícula no. ¿dónde está tu sultana?
-en España, contesté.
-ah, está “de rodríguez”… pero si tienes sultana… entonces tú eres sultán… es como si fueras turco, como yo… ya te lo decía, ¡con esa cara!. Pasa y tómate un té amigo sultán.
Y aquella tarde de mayo, fría, en aquellas callejuelas sin sentido que rodean el “Gran Bazar” de Estambul comprendí que aquel mote que últimamente ya no me hacía tanta gracia, tal vez, no fuera tan mala cosa…


Las hay de todo tipo: rápidas, lentas, cerradas, abiertas, peligrosas, ciegas, bien asfaltadas, bacheadas, peraltadas, contraperaltadas, sobre puentes, por debajo de viaductos… todas las curvas que puedas imaginar están en Charly´s road.
Durante más de 600 kms discurre dibujando la costa dálmata. La vista continua sobre el mar Adriático es un lujo; la aparición ininterrumpida de cientos de islas le confiere un ambiente mágico… hay islas grandes, pequeñas, verdes, marrones, pobladas, desiertas… hay tantas que, casi, parecen la otra orilla de un gigantesco lago.
En tantos kilómetros dio tiempo a conducir con lluvia (me encanta), con granizo, con calor, con la puesta de sol… todo un muestrario de situaciones moteras.
Y cruzo una frontera y luego otra y luego otra…
Y el tubo de escape de mi moto iba alegre cantando al aire cada vez que yo reducía una marcha. O cada vez que aceleraba.
Mientras yo silbaba aquello de “en moto voy, en moto vengo, por el camino yo me entretengo”
Y sonrío. Y creo que soy el motero más feliz del planeta, con mis maletas, con mi ansiada e interminable carretera de la costa
Y de vez en cuando imagino que Charly pasaba por ahí hace unos meses… y le saludo con ráfagas cada vez que nos cruzamos.
Y dudo. Dudo porque he enfilado al revés esta carretera; la que lleva a Sydney… ¿y si doy la vuelta?
Llego a Rijeka, esto se acaba. Me pongo de pie en la moto, sonrío y toco la bocina. Mi corazón da saltos de alegría.
Gracias Charly. ¿Cómo iba yo a saber que la carretera de mi vuelta a casa era la carretera que lleva a Sydney?
Te debo una.
Gracias por leerme ;-)
Nota: dedicado al loco que un día arrancó su moto en Madrid y no paró hasta llegar a Sydney, desde donde me advirtió que no me perdiera esta carretera.
El campo está verde.
Me encuentro un anciano y me saluda. Y otro y otro.
Me adelanta un motero y celebra mi viaje. Y otro y otro.
Me cruzo con un coche y la conductora me sonríe. Y otra y otra.
La gente es amable en Bulgaria, mucho. A pesar de las penurias.
Y sigue lloviendo.
El campo comienza a desprender olor a mojado… ese olor a lluvia en primavera.
Bulgaria, un país tan gris, a pesar de todo, huele a primavera.
Tal vez por la lluvia, tal vez por su gente.
Tal vez.


