Siempre regreso feliz de mis viajes, porque vuelvo; y triste, porque regreso. Después los guardo en este escondite; para que no se pierdan, para que nunca terminen.

miércoles, 20 de junio de 2012

Mis neumáticos de asfalto







Es dura esta labor de gastarruedas que me ha encomendado Continental. Casi tanto como la vida del motero. Ardua, pero placentera.
Para ser un probador guay uno se impone unas obligaciones: que si pruébalos con lluvia, que si con calor, que si en carretera buena, que si en pistas, que si en un secarral, que si en un barrizal… es dura la labor de gastarruedas. Aunque mola, eso sí.








La primera vez que vi los conti road attack 2 estuve seguro. Seguro de que se habían confundido con el envío. –Oiga, que yo soy McBauman, el que se mete en todos los “fregaos” y con estas ruedas tan asfálticas no voy a poder!!! (pensé)
Pero como de todo hay que probar en la vida al menos una vez, los probé.




Y me fui a recorrer Portugal de norte a sur con mis amigos. Nieve, buen asfalto, lluvia, calor, pistas de tierra dura y la fina arena del Rocío me convencieron de que el límite de este neumático no lo iba a encontrar yo tan fácilmente. Si es que lo fuera a encontrar. Ni un mal gesto, salvo en la arena, claro, donde no reaccionó peor que los neumáticos mucho menos asfálticos de mis compañeros. 
Cosas veredes, amigo Sancho, cosas veredes.



Así las cosas, me fui a chulear de ruedas hasta la reunión de grandes viajeros de Albacete. Todo tipo de curvas y asfalto yendo hacia allí confirmaron que estos neumáticos se agarran en las curvas como muy pocos y dan seguridad en las frenadas como ninguno. Y como había que volver, volví. Rodeado de viajeros con un curriculum tan extenso que no cabría en mil mapamundis. Y nos metimos en una pista tan divertida como nosotros. Larga, muy larga. Y las gomas volvieron a estar a la altura de las otras, en principio más idóneas para abandonar el negro asfalto. 
Por poner un pero, diré que me perdí, aunque tampoco le voy a echar la culpa de eso a las conti.




Y como en barro, lo que se dice barro, no las había probado, me fui con Juan a Castro Urdiales. Él llevaba unos neumáticos de tacos de otra marca. Yo los road attack 2. Tras un científico análisis pudimos observar que las dos manchan lo mismo.



Y así he comprobado que los conti van en asfalto mejor que ninguno y fuera de él no envidian a otros (si uno no está yendo a buscar los límites, por supuesto). Al delantero todavía le quedan muchos kilómetros, aunque el trasero está entregando sus últimos coletazos. Funcionan como el primer día, pero está claro que el desgaste es inevitable si se cuenta con una goma blanda que se agarra como una lapa de las que se agarran mucho.


Y ahora, que han transcurrido más de 9000 kilómetros estoy seguro. Seguro de que yo, McBauman, el de los “fregaos”, me volveré a meter en muchos más.
Con otros conti road attack 2. Claro.


martes, 12 de junio de 2012

De las ilusiones y los sueños








Fabián salió un día a dar una vuelta en moto y volvió después de dos años. Justo el mismo día en el que a Santiago Herrero le dedicaban una plaza en Baracaldo. Los dos se fueron con sus monturas en pos de hacer realidad sus sueños e ilusiones. Empujados por el infalible “Síndrome de la Gacela”. Uno volvió y otro forjó una leyenda. 
Con seguridad ambos eran conscientes de que arriesgaban sus vidas, pero prefirieron no vivir con la incertidumbre de qué hubiera pasado si hubieran ido. Por eso fueron. Para vivirlo.



Si Santiago Herrero siguiera cumpliendo sus sueños en la Isla de Man actualmente, estoy convencido de que lo haría luciendo el logo de Salami. Juan hubiera insistido (porque es su sueño y porque no es lo mismo patrocinar que ilusionar) y él hubiera conseguido que el Salami corriera a velocidad de vértigo por el islote. Fijo. 
Al menos eso es lo que ha conseguido Antonio Maeso. El valiente almeriense se ha metido entre pecho y espalda una encrucijada del copón. Es el estandarte del motociclismo español en el Tourist Trophy. ¡Cómo vuela el condenado!. Cualquier año de estos descorchará una botella desde lo más alto del pódium. Porque es su máxima ilusión. El talento y la valentía harán el resto.



El mismo fin de semana en que había vuelto el silencio a la isla de Man, en que volvía Fabián de dar una vuelta y en que a Herrero le ofrecían  su merecida plaza, Juan y yo compartíamos charco. Cuando lo hacemos, los dos nos olvidamos del macho alfa que llevamos dentro. Mientras uno empuja explicando que es mejor salir despacio, el otro da gas y consigue una lluvia de barro y risas mientras los buitres nos sobrevuelan. No siempre le da a uno la risa en esos momentos. Formamos un buen equipo. Sin duda.





Y entre barro y risas comentábamos algunos sueños. Uno de ellos nos hace mucha ilusión. Tal vez, pronto, se haga realidad. 
Ojalá.







miércoles, 6 de junio de 2012

La carretera del café





Hace algunos años, cuando todavía dábamos pedaladas con relativa agilidad, algunos viernes íbamos por aquella carretera que bordea la costa entre pinos, eucaliptos y acantilados. El Cantábrico, casi siempre enfurecido y las montañas, viejas y cansadas de soportar las inclemencias meteorológicas, eran testigos de excepción de cómo subíamos y bajábamos por los cientos de repechos esculpidos por el asfalto sobre la cornisa que se asomaba al mar. Y cuando llegábamos al puerto de Lequeitio, con nuestra indumentaria ciclista, mientras departíamos sobre el bien y el mal, nos tomábamos un cafelito que , con el aroma de la amistad, nos sabía a gloria.

















Cuando el viernes pasado escuché rugir el motor de la Triumph Explorer en La Motocicleta, concesionario de la marca en Bilbao, la carretera del café apareció, como  por arte de magia, en sus retrovisores. Y allí estaba yo, con una sonrisa de oreja a oreja, entre pinos, eucaliptos y acantilados. La primavera nos acompañaba en este viaje.






El muy potente motor tricilíndrico empujaba con deliciosa finura mientas interpretaba una maravillosa banda sonora. Ajustados acelerones, potentes frenadas, curvas rápidas, curvas lentas… y la moto siempre en su sitio, con un aplomo impresionante y con una protección aerodinámica sobresaliente.







Todos los que me conocen saben que yo de motos entiendo poco. Distingo una que me vale de otra que no me valga, eso sí. Para lo demás, lamentablemente, no tengo sensibilidad. Por eso no puedo contarte nada de lo bien que funciona el cambio, de la suavidad del cardan, de la fuerza del tubo de escape, de cómo iluminan los faros, de lo fácil que va cuando termina el asfalto, de lo relajado que es el control de crucero, de las suspensiones o de otro montón de cosas  molonas y maravillosas con las que va equipada.
Pero si quieres saber mi opinión sobre la moto, te diré que no me gustó... 
¡Me encandiló!

Quién sabe si dentro de poco tiempo, mi compañera habitual de curvas no tenga acento de Hinckley...


Pero yo he venido aquí a escribir sobre la carretera del café, por si no te habías dado cuenta del título, y te digo yo, que aquel café que tomé en el puerto la semana pasada, mientras los curiosos observaban las potentes curvas de la Explorer, me supo a gloria...




miércoles, 25 de abril de 2012

Serena calma




Tenía que ser hoy.
La tensa calma que se respiraba después de terminar la reunión se vio interrumpida por el sonido del teléfono. Y más allá del número desconocido escuché una voz conocida. Tan lejana. Tan cercana.
Y tenía que ser hoy... Podía haber sido cuando lo intentaste desde Mauritania o Mali, pero no, el destino había elegido que el día fuera hoy… y tú ya sabes lo que pasaba hoy…
Y al escucharte, con tu voz calmada, he imaginado la de kilómetros que han pasado desde aquel día en el que te fuiste a Sudáfrica enfilando el camino al Montseny, aquel día en el que demostraste toda la calma del mundo para saborear un bocata de butifarra entre amigos, en vez de perderte, en un manojo de nervios, en busca del horizonte… el día de las gafas, la cuerda, el gps… el día de la despedida.
Y hoy, tenía que ser hoy, cuando te he escuchado que, de un viaje en moto de más de 20.000 kilómetros, las mejores fotografías, son de personas. Incluso las de Estocolmo. Hoy me has tenido que contar que en aquella peluquería, les convenciste de que eres negro... hoy, tenía que ser hoy.
Hoy ha tenido que ser el día en el que me he quedado sin palabras para decir que recibir la noticia de que has llegado a tu destino, como tú lo has hecho, mola. Mola que hayas ido, mola que hayas llegado y mola que yo haya recibido la noticia.
Y, como te decía, después de finalizar la llamada, la tensa calma que se respiraba al terminar la reunión, se ha tornado en serena. Como la del día del bocata en la carretera que llevaba a Sudáfrica. Serena calma, Eduard, serena calma es lo que transmites.
Mola. 
De verdad.



sábado, 21 de abril de 2012

En algún lugar de Chequia...






... Allí estábamos los tres, encerrados en un solitario aparcamiento, a veinte kilómetros de Brno, mientras se acercaba el ocaso del día. Miquel Silvestre estaba tan contento porque había encontrado la llave de su moto. Hacía fotos a diestro y siniestro, de esas cosas inapreciables que los demás no vemos y él sí. Yo también estaba muy contento, primero, porque no había perdido la llave de mi moto. Segundo, por no tener la llave del aparcamiento. Tercero, porque el destino puso a aquella motera húngara, de hermoso contorno y suave cutis, a la misma hora y en el mismo lugar que nosotros (lo que viene siendo que también estaba encerrada en el aparcamiento). Yo viajaba con una tienda de campaña de dos plazas y a Miquel le encanta pasar las noches contando estrellas…
Con cara de preocupación (fingida) le expliqué a la motera húngara, de hermoso contorno y suave cutis, que aquel candado parecía de acero de Bilbao. Por desgracia, fingida, eso no lo fuerza ni McGuiver, asentí. Le expliqué que llevaba una tienda de campaña entre mi equipaje y que no se preocupara por Miquel, que le gustaba contar estrellas. Su cara de preocupación (de la motera húngara de hermoso contorno y suave cutis) no parecía tan fingida como la mía. No lo entiendo.
Al volver a nuestras monturas me di cuenta de que Miquel Silvestre no estaba. Cuando en semejante situación pierdes de vista a un tío que ha recorrido más de sesenta países, es como para no fingir la preocupación.
Fue entonces cuando, a lo lejos, escuché un grito. Sin duda era Miquel… pero, para que no te lies, será mejor que te lo empiece a contar todo desde el principio de los tiempos.

miércoles, 28 de marzo de 2012

15.898 kilómetros y algunos atardeceres







Ahora que mis continental trail attack han pasado a mejor vida me gustaría hacer un resumen y compartir lo bueno y lo malo de estas cubiertas. 
Podría explicarte lo rápido que calientan estas gomas, la seguridad que te proporcionan en las curvas, el agarre que muestran en las frenadas, la firmeza que muestran en mojado, las risas que puedes echar cuando hay nieve (porque aguantan más que tú), lo canutas que lo puedes pasar si hay mucho barro, la sorpresa que me ha dado su duración, la ausencia de pinchazos, lo bien que se comportan en pistas facilonas (y algunas dificilonas), lo equilibrado de su desgaste manteniendo balón hasta el final...

Pero, aunque todo lo dicho es cierto, que te lo juro por Arturo, no me sale contarte todo eso porque terminaría explicándote los 15.898 kilómetros que me han durado y acabarías aburrido, que yo lo sé.

Así que, como el blog es mío, lo que te voy a resumir es la lista de los lugares a los que he ido (y llegado) con las continental a pesar de la lluvia, del frío, de la nieve, de las malas carreteras, de las pistas bacheadas, de las curvas mal asfaltadas, de los amaneceres, del buen tiempo, de las buenas carreteras, de las pistas firmes y de las curvas mejor asfaltadas del mundo mundial, incluso de los atardeceres.

Hemos visto cómo el sol se escondía en el Cantábrico porque la costa vasca no ha tenido secreto para nosotros. Ni Cantabria. Por el pirineo navarro nos hemos mondado de risa, por las Landas hemos visto puestas de sol impresionantes, en Arcachon, ay, Arcachon… En la Bretaña francesa, en Mont Saint-Michel, en Normandía, hemos estado, hemos estado y hemos estado. Incluso, hemos llegado a tiempo de algún amanecer.

Al Toboso en invierno hemos ido, en las sierras de Jaén, nos hemos perdido… y en Barcelona, ¿cómo te cuento yo lo de Barcelona?
En La Rioja nos hemos retratado, en Soria nos hemos fotografiado, en Ávila nos hemos inmortalizado, en Salamanca… ay, en Salamanca...

Lo peor que te puedo contar de los Trail Attack es que no son los mejores neumáticos para pistas con mucho barro (je) y lo mejor... lo mejor, como la magia de los atardeceres, es difícil de explicar. Quizás sea la firmeza con la que se comportan en casi cualquier circunstancia (al menos para un motero normalito como yo) y que, sin dudarlo, volvería a repetir las mismas gomas, como volvería a repetir todos los lugares a los que he ido (y llegado) a lo largo de 15.898 kilómetros con mis continental.

Incluso, repetiría, algunos atardeceres...