Siempre regreso feliz de mis viajes, porque vuelvo; y triste, porque regreso. Después los guardo en este escondite; para que no se pierdan, para que nunca terminen.

miércoles, 21 de junio de 2017

Las grullas de origami




Según una antigua leyenda japonesa, si deseas algo con todo tu corazón y creas mil grullas de origami, los dioses te conceden el deseo. 
Pero tienen que ser mil, no lo olvides.

Yo no lo sabía cuando llegué a aquella ciudad, tan nueva, tan limpia, tan moderna… tan llena de coloridas grullas de origami…

Sadako Sasaki tenía doce añitos cuando le diagnosticaron leucemia y la ingresaron en el hospital de Hiroshima. Diez años antes, huyendo, se empapó de la lluvia negra, radiactiva, que inundó todo después de explotar la bomba atómica.
Fue entonces cuando su amiga Chizucho le explicó la leyenda. La pequeña Sadako estaba tan malita que no dudó en comenzar a doblar todos los papeles que encontraba en el hospital, dándoles forma de grulla, numerándolas, depositando en ellas su esperanza de vida.
Pero la leucemia no es una enfermedad cualquiera y no le quiso conceder el tiempo necesario. Se la llevó cuando había numerado seiscientos cuarenta y cuatro deseos de recuperación, seiscientos cuarenta y cuatro grullas de origami…



Dicen que el día de su entierro, sus compañeros del colegio habían completado las mil grullas que Sadako no pudo. Mil grullas como ofrenda, no para salvar a su amiga Sadako puesto que ya era tarde, sino para que no volviera a haber más Sadakos en el mundo. 
Mil grullas por la paz.

Por eso, cuando yo llegué a Hiroshima, aquella ciudad tan nueva, tan limpia, tan moderna, la encontré llena de grullas de colores, enviadas desde todos los rincones del mundo. 
Y por eso, comencé a doblar, con poca gracia, el primer papel que encontré, convencido de que si todos y cada uno de nosotros doblamos nuestra grulla de papel, los dioses nos concederán la paz.
Por la mía que no sea.









lunes, 5 de junio de 2017

Viajar en paz












Algunos días los pasaba entre arrozales y semáforos.
Porque en Japón, en cuanto hay ocasión siembran arroz; en cuanto hay un cruce plantan un semáforo.
Y van pasando los días y los kilómetros.
Ruedo sin ruido rodeado de gente tan humana, educada, civilizada y respetuosa como no he visto nunca, en ningún otro lugar. Tanta tranquilidad y armonía, confieren al viajero la posibilidad de recorrer el país en verdadera paz.

Algunos días, quiero llegar a algún destino concreto para ver algo, de lo que me he enterado, que ha llamado mi atención.
Pero los días de los arrozales, voy verdaderamente sin rumbo. En cada cruce, en cada semáforo, decido si por aquí o por allí.
Y como no voy a ningún sitio, no me equivoco nunca.

Entre tanta decisión, en un cruce me encuentro frente al mar del Japón. En la otra orilla Corea del Sur. Mar bravo. Recuerdo haber leído acerca de unas montañas nevadas que se encuentran en el centro de Honshü, así que hoy tiro hacia el norte, hacia las montañas nevadas.






Desde Europa, de vez en cuando, me llega algún mensaje recriminatorio por haber pasado por tal o cual lugar y no haber visto tal o cual cosa imperdonable. –Pero, ¿qué es lo que estás haciendo?- me preguntan.
Probablemente no vuelva muchas veces por Japón, así que aprovecho para rodar por estas carreteras
en paz, disfrutando de la tranquilidad y armonía del país.
Entre arrozales y semáforos.







sábado, 3 de junio de 2017

La playa de las mariposas

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Miyahima es una isla sagrada, habitada por hombres y dioses.
Allí, los hombres, tienen prohibido nacer y morir. 

Pero de visitas, no se conocen prohibiciones. Así que fui.
En el momento de coger el ferry ya se ve a lo lejos el enorme torii (Otorii en esta ocasión) que tiene su base en el mar. Curioso, ciertamente. Una de las imágenes más populares de Japón.
Cientos de personas se apelotonan para poder hacerse una fotografía, rodeados de los innumerables ciervos (mensajeros de los dioses) que se pasean tranquilamente por la isla. Están tan acostumbrados a los hombres como los hombres a ellos después de ver y acariciar los primeros veinte.
En esa parte de la isla, me parece a mí, los dioses habitan ya bastante poco.


Así que, todo muy idílico, pero me fui de allí a disfrutar del resto del islote.
Las carreteras, cuando las hay, son muy estrechas y van bordeando la costa o surcando bosques tropicales. A veces, casi, las dos cosas.




Primero me encontré alguna calita. Luego más. Después una preciosa playa, con un pequeño torii en medio custodiando un mini santuario sintoísta. Como en las anteriores, no se veía alma humana. El calor apretaba así que aparqué la moto y me pegué un buen chapuzón en las aguas del Pacífico.
Mientras me secaba al sol se me acercó una mariposa del tamaño de la palma de mi mano. Después otra y otra. Nunca había visto cosa parecida.
Intenté hacerles una fotografía, pero no se dejaban. Lo seguí intentando, sin meridiano éxito, hasta que me acordé de los turistas fotografiándose a discreción con el otorii, sin apreciar, sin disfrutar, sin empaparse de la belleza del lugar.

Desistí del retrato y las mariposas volvieron a revolotear cerca de mí.
Ya me lo habían dicho: Miyahima es una isla sagrada.






sábado, 27 de agosto de 2016

Una cicatriz masai






Según una milenaria tradición japonesa, las cicatrices de una persona son parte de su historia, representan un momento único en su vida y mostrarlas debería ser motivo de orgullo. Hay cicatrices que consiguen hacer a una persona más bella, pues pueden contar una bella historia. También pueden reflejar la torpeza de algún acto o decisión de su vida.
Las cicatrices son así.

Cuando, después de mi segundo accidente en Kenia, me levanté del suelo, rápidamente comprobé que en mi ánimo iba a quedar una cicatriz.
No sentía ningún nuevo dolor, más allá de volver a ver a la Caprichosa, digo Misionera, nuevamente con los bajos a la vista.
Moví la rodilla y cadera izquierdas para comprobar que las lesiones de mi primera caída no hubiesen dejado de evolucionar tan favorable y rápidamente como lo estaban haciendo hasta el momento. Todo estaba bien.

La moto de Charly tampoco parecía tener mayores desperfectos. Una nueva cicatriz que algún día nos hará sonreir, pero de una de sus maletas, gota a gota, se iba desvaneciendo una botella de Amarula. Con cada gota, se fundía aún más mi ánimo.

Llamé a Polo, otra vez, para que diera media vuelta.
Volvió y entonces, otra vez, todo empezó a ser un poco más fácil.

El viaje, fascinante viaje, sin moto, continuaba.

Pero para que lo entiendas mejor, en cuanto vuelva a casa tendré que explicarte todo desde el principio de los tiempos.
Aunque tengas que esperar aún unos días.
Aunque todavía me duela mi nueva cicatriz.
Mi cicatriz masai.


sábado, 13 de agosto de 2016

Sin noticias de Karen





Escribo estas líneas al pie de las colinas Ngong.

La vida parece tranquila en Kenia.

Ayer pasé mucha vergüenza. Un grupo de españoles, disfrazados de De la Quadra Salcedo no paraban de dar la nota a voz en grito con chistes malísimos. Ni abrí la boca, porque si hablo en castellano, me pillan. Y si hablo en inglés, me pillan también.

En el aeropuerto de Nairobi tuve un pequeño desencuentro porque me querían cobrar un impuesto de importación de casco y ruedas. Intenté explicar que si blablablá e incluso que blablablá y terminé en una oficina más grande, con tres señoritas muy negras, muy gordas y muy sonrientes. Pero que me querían cobrar.
Les pedí que me dejaran salir porque fuera me esperaba un contacto local. Salí. No me dejaban volver a entrar.
Al final entré. Como ellas sonreían mucho, como las que salen en los vídeos de Charly Sinewan, yo hice lo propio e insistí.
Las tretas de Charly siempre funcionan.

Ya fuera, con mi dinero, mis ruedas, mi casco y mi contacto, fui al servicio a hacer aguas menores.
Al salir estaba mi dinero, pero ni mis ruedas, ni mi casco, ni mi contacto. Empezamos bien, me acaban de dejar con lo puesto a las 4 de la mañana en el aeropuerto de Nairobi. Salgo corriendo para cualquier lado y finalmente vuelvo. Allí está mi contacto esperándome en el coche con todo lo demás. Me está bien, por malpensado.

En el coche escucha una emisora de radio china aunque reconoce que no entiende ni jota.

Empieza a llover.

Llegamos a un famoso hospedaje entre viajeros que no voy a recomendar ni loco.

Me esperan algunas sorpresas.

Ni rastro de Karen.


Mola escribir esto, aquí, al pie de las colinas Ngong…

jueves, 11 de agosto de 2016

Memorias de Dinamarca









Algún día, tendré que volver a la casa de Karen Blixen…

Aquel año, al regresar de Islandia, decidí seguir ruta por Noruega y Suecia hasta que me aburrí de tirar hacia el norte y di media vuelta.
A la altura de Copenhague, de lo que estaba aburrido era de los cafés nórdicos, tan largos y aguachinaos. Así que lancé una queja por Facebook implorando un cortadito, un cortadito, solo quiero un cortadito, como los que a mí me gustan.
Contra todo pronóstico mi queja tuvo respuesta: Eddy, a quien aún no conocía en persona, estaba viviendo en Dinamarca, así que, sin pensarlo dos veces se prestó a invitarme a un café cortado en un marco incomparable.




Después de un muy buen rato escuchando mil relatos daneses, cuando nos íbamos a despedir, Eddy señaló un árbol, un gran árbol, que sobresalía por detrás del tejado de una mansión.
-Allí vivió Karen Blixen (autora de la novela autobiográfica “Memorias de África”) y junto a aquel árbol está enterrada. Yo me tengo que ir, pero puedes acercarte y visitar la casa.

Así que después de un cálido abrazo y desearnos un próximo reencuentro me dirigí a la mansión.

No tuve problema en aparcar la moto junto al impresionante jardín y directamente me adentré en un paseo entre todo tipo de flores, árboles y charcas.
Puse en mis auriculares la maravillosa banda sonora de la versión cinematográfica que inspiraba mi visita, compuesta por John Barry y di rienda suelta a mi imaginación.
A pesar de los intentos, no lograba encontrar el hermoso árbol que desde lejos se divisaba tan fácilmente, así que, ayudado por el wifi libre que había en semejante casoplón, intenté buscar algo en internet. No lo encontré, pero daba igual.
Dejé que la sensación de estar allí y en aquel momento impregnara todos mis sentidos… entre olores de nenúfares me daba la impresión de estar viendo a Karen llorando su amor a Robert Redford, digo por Finch Hatton.
Poco me importó no encontrar la tumba. Convencido de que aquel lugar era totalmente mágico entré en la casa e hice un par de fotos mientras mi emoción seguía creciendo.







Al cabo de un rato se acercó una señora ofreciéndome su ayuda. Debía tratarse, sin duda, de alguna nieta o bisnieta de la célebre escritora así que la miré, emocionado, y con los ojos vidriosos le di las gracias. Alguna foto más y me iría dejándola tranquila, tal vez cuidando los nenúfares.
Pero ella, sin perder su sonrisa replicó que con toda seguridad, esa foto que tanto me interesaba, estaba en la casa colindante o en su jardín, pues, efectivamente, era la mansión de los vecinos la que estaba junto a un árbol que daba sombra a una tumba, era allí donde se habrían secado las lágrimas de amor o de desamor, era allí donde deberían permanecer los aromas de los cafetales africanos…





Así que, avergonzado por el error, fui al otro edificio, vi el árbol, la tumba y los souvenirs para los turistas que acertaran con la casa…
Pero ni aromas, ni lágrimas, ni magia…

Por eso, te decía, que algún día tengo que ir a la casa de Karen Blixen…

Tal vez salga hacia allí mañana.
Sí, mañana mismo.