Siempre regreso feliz de mis viajes, porque vuelvo; y triste, porque regreso. Después los guardo en este escondite; para que no se pierdan, para que nunca terminen.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Entre ruedas y hadas








Le expliqué que yo de ruedas no entiendo, que las uso, eso sí, pero que no entiendo. Pero él insistió en que las probara y después, objetivamente, les contara qué me habían parecido.
-         ¿y si no me gustan?
-         Nos lo cuentas
-         ¿y a los demás?
-         Se lo cuentas

Alguien que está tan seguro de su producto merece toda mi confianza: ¡Calce mi moto esos neumáticos!










Después de algunos cientos de kilómetros, ya podía decir que los continental trail attack molan. Molan porque desde el principio dan mucha seguridad en curvas. Y frenando. Molan porque calientan muy pronto y porque vas muy agarradito al asfalto. Y lo notas.




Pero yo tenía una duda muy dudosa: entre tú y yo, con esa pinta que tienen, estos neumáticos no pueden ir muy bien cuando el asfalto desaparezca debajo de mi moto. Y yo tenía una pena muy triste por tener esa duda sin solución.
Así que, sin saberlo, me fui al bosque de Iratí para despejar tan molesta duda… no sin antes pasar por la cuesta de Santo Domingo para solicitar bendición del santo para tamaña empresa








Y después del encierro comenzó la fiesta. Si tú no has circulado por el puerto de Erro, ya estás tardando en ir. Qué risas. Qué curvas. Qué manera de disfrutar de mis trail attack desafiando las leyes de la gravedad, inercias y otras fuerzas que desconozco pero intento controlar.







Y te entran unas ganas locas de liarte e irte a tomar una tarta de Santiago, que pilla de paso. A no ser que te pierdas en la selva de Iratí, porque como aquello está lleno de robles, abetos y hayas es fácil que te pierdas. Como me pasó a mí.
























Estaba desorientado. Pronto salieron a mi encuentro hadas, elfos, duendes y otros seres imaginarios que no podrías imaginar. Liberé un poco de aire de mis ruedas, bajando así la presión.  La pista no se terminaba nunca. A ratos era de tierra muy blanda, en ocasiones era de piedra suelta y a veces yo no sé de qué era, pero cómo agradecí que mis sospechas fueran infundadas y que aquellos neumáticos que continental me había facilitado se agarraran con fuerza.



















Y por la fábrica de armas de Orbaizeta, pasé; a la cueva de Arpea, subí; el pico Ori, divisé; el pantano de Irabia, bordeé; la estación megalítica del collado de Azpegi, descubrí.













Realmente fascinado por el paisaje, el ambiente y las trail attack, me fui retirando con el dilema despejado: fantásticas ruedas con asfalto o sin él.









Y ahora sólo me queda una duda, doble, que espero despejar pronto porque para mí es sumamente importante: el tiempo… el tiempo que me durarán estas ruedas (aparentemente blandas) y su comportamiento cuando el tiempo cambie y el cielo caiga sobre mi casco en forma de lluvia.






Entonces, volveré al país de las hadas y prometo contarlo. Me gusten o no me gusten.









lunes, 26 de septiembre de 2011

Juan y la radio









La moto de Juan no tiene radio.
Es cierto que su última adquisición tiene un montón de cilindros, de caballos, de botones y de cosas maravillosas que hacen que el viaje sea mucho más placentero que con cualquier otra moto que haya tenido antes… una moto que despierta la envidia del que, a duras penas, aparece en sus retrovisores… cierto que con ella se podrá llegar hasta el infinito y más allá… que no consume mucho más que un mechero de bolsillo, es cierto, es cierto que con ella podrás escuchar cantinelas, tonadillas, coplas y letrillas, sí es cierto. Pero…








A Juan le ha dado por decir que algunas motos no son un trozo de hierro, como si tuvieran sentimientos, como si de voluntad propia disfrutaran, como si se tratase de seres con vida. Y yo, Juan, no estoy de acuerdo.
Las motos, nuestras motos, son lo que nosotros queramos que sean. Son viajeras si nosotros viajamos. Son presumidas si nosotros las retratamos. Nos protegen si en ellas nos cobijamos. Nos escuchan si las hablamos y si escuchamos hablan, sin duda. Tienen vida, si nosotros les damos vida… Pero no dejan de ser un trozo de hierro. Un pedazo férreo en el que nosotros, en ocasiones, nos proyectamos. Por eso sé que nunca existirá una gran moto sin un gran tipo encima.










Y Juan quería vender aquel hierro porque no era tan cómodo, porque vibraba, porque no frenaba tanto, porque las luces, las ruedas, las maletas, la estética, la pasajera, el navegador y no sé cuántos errores más. Y tenía razón…
















… pero no lo hizo. Porque aunque las motos sean hierros, aquella moto tenía vida, había viajado, le había protegido, escuchado y hablado.


















Y por eso te decía que, a pesar de las otras, La Moto de Juan, de mi amigo Juan, no tiene radio.










viernes, 17 de junio de 2011

La Historia Interminable


ÁURYN Talismán del libro escrito por Michael Ende cuyo título ha copiado, sin pudor, el autor de este relato. Tiene forma de medallón con dos serpientes que se muerden mutuamente las colas. En su reverso reza “haz lo que quieras” // Símbolo de la Emperatriz Infantil.  Los habitantes de Fantasía nunca pronuncian su nombre, llamándole “la alhaja” // Joya. Quien lo porta es merecedor del respeto de los demás // Lugar. En donde se encuentra la Fuente de la que brontan las “aguas de la vida”. Donde se mantiene el orden del universo. En donde se encuentra el portal que sirve de conexión entre Fantasía y el mundo real. // Objeto Mágico. Brinda a su portador protección absoluta y se cumplen sus deseos hasta su Verdadera Voluntad. Se corre el riesgo de olvidar el mundo real y de que, ay, entonces, ya nunca se pueda volver.






Hoy hace un mes del fatídico accidente que le costó la vida a Simba, mi querida, noble y leal, Simba, esa maravillosa motocicleta con la que he reído y llorado, con la que he pasado frío y calor, con la que he recorrido carreteras de veinticinco países, con la que, a lo mejor, te he conocido, con la que he disfrutado, viajado y vivido…
Como en una historia interminable, tocaba elegir sucesora. Difícil decisión. Como Simba era mi segunda GS 1200 Adventure tenía claro que no quería tripitir… pronto me decanté por una preciosa 1200 RT. Maravillosa máquina para viajar con casi todas las comodidades inventadas para el motero, dotada de un motor indestructible, una belleza extrema, suficiente autonomía, gran capacidad de carga, elegancia en sus líneas, ruedas con flancos inacabables… Este modelo de moto cuenta con algunos detractores, lo sé, pero no los tuve en cuenta en mi decisión. Grandes maestros míos utilizan la RT para viajar y no me parece que les vaya mal, ya lo creo que no. Yo quería ser como ellos.
Así que, sin más miramientos, hace una semana me dirigí al concesionario. Entré directo, sin mirar a los lados, como si no hubiera más motos expuestas. Monté y sonreí. Las maltrechas costillas hicieron un paréntesis y dejaron de doler. La que vamos a liar, le dije. El resto de motos nos miraban envidiosas. Yo a ellas no. La RT presumía por ser la elegida. La que vamos a liar, me dijo.
Me asomé a los generosos retrovisores y pude ver fronteras, carreteras, orillas, montañas, curvas, valles, alguna autovía, palacios, princesas, alguna tormenta, amigos, estrellas, alguna piedra… Ya estaba viajando.

Y yo seguía notando que me miraban aunque no quería corresponder. Pero entonces, al bajar de mi nueva moto, miré de reojo, a escondidas, con sentimiento de culpabilidad… en un rincón estaba aquella bizca, casi tuerta, que no me quitaba el ojo de encima. Era gorda, oscura, fea, alta como un cigüeño… Parecía una vagabunda con ímpetu para deambular por cualquier lugar en busca de la iluminación, una trotamundos sin límites, una jabata, una peregrina, una zalamera que supo mantenerme la mirada hasta hacerme dudar, hasta liarme, hasta engatusarme una vez más. Ya sin defensas, me acerqué, la toqué… y sentí que de ella brotaban las aguas de la vida, parecióme que a través de ella conectaban el mundo real y la fantasía, sentí protección absoluta, noté que el orden volvía al universo, creí que, tal vez, se cumplieran mis deseos a pesar de que, quizás, ya nunca pudiera volver… En sus retrovisores leí “haz lo que quieras”…
Como en una historia interminable, hoy he vuelto a arrancar a Mamut y a Simba... hoy he arrancado a Áuryn, mi nueva adventure.




lunes, 30 de mayo de 2011

El Ciclista que me salvó la vida


Durante la disputa del tour de Francia de 1995, Fabio Casartelli, campeón olímpico de ciclismo en ruta, en Barcelona 92, por delante del mismísimo Lance Armstrong (de quien luego se haría íntimo amigo), sufrió un accidente. En una curva del descenso del Portet de Aspet cayó al suelo golpeándose con uno de los mojones que delimitaban la carretera del abismo. La imagen del corredor sobre el asfalto, en posición fetal, desangrándose, quedó para siempre en la retina de mis ojos.
Algunos años después, a poca distancia de donde aconteció tan fatal desenlace, se erigió un monumento en su memoria. Su nombre, Le Stelle… Las Estrellas. Todo ciclista que pasa por allí deposita un ramo de flores o guarda un respetuoso minuto de silencio.
Yo sabía que algún día iría.
Pero para que no te líes más, empezaremos por el principio de los tiempos.





Si a ti te hubieran regalado un casco molón y si a ti te lo hubiera personalizado Alfonso, El Tejo, www.eltejo.com, dime si tú no hubieras tenido unas ganas locas de estrenarlo haciendo un viaje cualquiera, como atravesar todos los montes Pirineos en un fin de semana, por ejemplo. Además, Juan y Mario seguro que venían. Edu, a lo mejor, también.
Cuando dejé de esperarles mi cabreo era, lo que viene siendo, bastante mayúsculo: Al salir de la autopista la barrera del peaje había caído sobre una de las motos y, además del susto, tuvieron que aguantar la bronca de la cobradora… no está bien comenzar las aventuras antes de que estemos todos juntos, no, no, eso no se hace.






Además, con la disculpa de que llevaban 200 kilómetros, traían los depósitos de sus motos medio vacíos… buffff, qué mosqueo me estoy pillando… pero todos los males se me pasaron cuando, mientras esperaba a que repostaran, unas señoritas de atuendo extraño y sonrisa fácil me preguntaron si tenía un macarrón para ayudarles a vaciar de gasolina el depósito de su coche de gasoil…
Y mientras Edu presumía de moto, Mario chupaba y chupaba gasolina, Juan se partía de risa y sevidor hacía algunas fotos para la posteridad. Y es que, de aquel coche, además de señoritas y gasolina salía champagne, flotadores y cuánto pudieras imaginar.










Y a aquel momento del viaje, en el que nos vimos involucrados en una despedida de soltera, en el que no paramos de reirnos durante un buen rato, le llamamos "la parrilla del gran premio"






Y emprendimos la marcha rumbo al principio (o final) de los Pirineos. Para ello nada mejor que seguir la orilla cantábrica, aunque haya que parar en Zarauz para desestresarse un poco.





Y aunque no te lo creas, al final llegamos a Fuenterrabía, precioso lugar fronterizo entre España y Francia, entre montaña y mar.








Llegamos a la playa para hacernos la foto de rigor en este tipo de travesía: los pies bañados por el mar Cantábrico. Tiene la gentileza de fotografiarnos una bañista que llevaba el tanga al revés... nos dio vergüenza fotografiarla a ella. Todos los usuarios de la playa miraban hacia nuestra ola; no se sabe bien si a nosotros por lo poco apropiado de nuestros atuendos o a ella por el poco acierto con el tanga.






Pero sin darle más vueltas al asunto nos fuimos de la playa, la ruta, al fin, comenzaba. Así que paramos a comer.
Ya era tarde para tales menesteres y ya sólo quedaban algunos pinchos. Pedimos todos los que había en la barra.
-¿en serio?
La mirada que le clavamos entre los cuatro despejó su duda.





Y a aquel momento del viaje, en el que no paramos de reirnos durante un buen rato, le llamamos "el mato grosso"





Lo de que me perdí nada más comenzar la ruta no te lo voy a contar, que luego todo se sabe. Pero sí que los primeros puertos, con el solecito eran una chulada. Ora estábamos en Francia, ora en España. Y llegamos a S. Jean Pied de Port, último pueblo francés del Camino de Santiago, paso previo a Roncesvalles.





Y llegar a Roncesvalles por un puerto tan chachi, le da a uno un punto de tranquilidad, de serenidad, de equilibrio... al menos hasta que una veintena de tibetanos (o cosa parecida) ataviados de uniformes típicos (de allí, digo), tambores, platillos, campanillas y otras puñetas, llegaron corriendo en alegre procesión hasta hacernos un corro para algaravío, ajetreo y jocosidad de los presentes.
Uno no sabe si es algo muy común en Roncesvalles estos honores de Buda, uno no sabe si se ha liado en algún cruce y está, tal vez, en la muralla china o así... uno no sabe... pero es muy agradable.







Y a aquel momento del viaje, en el que no paramos de reirnos durante un buen rato, le llamamos "el recibimiento de Buda"




Decidimos hacer algunos kilómetros más aquel día, para hacer algunos kilómetros menos el día siguiente. Lo que nos quedaba de ruta, junto al bosque de Irati, era realmente espectacular.
Y llegamos a Jaurrieta. Y decidimos alojarnos en Casa Sario www.casa-sario.com, que para eso nos lo habían recomendado. Y había un bombero escocés del que nos hicimos amigos de toda la vida. Y María, la camarera nos regaló un baile y nos explicó, desde el respeto, que en esa época las yeguas parían y que con nuestras motos podríamos ir a verlas... Todo lo demás, de verdad, prefiero no contártelo porque es muy difícil hacerlo.



Y a aquel momento del viaje, en el que no paramos de reir durante varias horas, le llamamos "el observatorio de las aves"
















Aquel sábado gris nos despertó con lluvia. Nada que objetar. Moteros intrépidos como nosotros no nos íbamos a arrugar por cuatro gotas. Y nos fuimos a contar gotas por los montes Pirineos.




Pero por encima de las gotas, en las cumbres de las montañas, estaban las nubes. Dicho de otra forma: había una niebla del copón. Y eso no mola tanto.




Y seguíamos la ruta, y nos seguía la niebla...




Y en ocasiones las gotas no estaban encima de nosotros, sino debajo. Una excusa como otra cualquiera para hacer unas fotos.







Subimos y bajamos el Marie Blanque y, empapados llegamos a Laruns. Estábamos pasando por algunos parajes preciosos y no apreciábamos tal belleza. Por otro lado, estábamos arriesgando nuestra seguridad circulando con tanta niebla. Apenas podíamos avanzar. Ante nosotros el cruce que llevaba hacia el Aubisque y Tourmalet, a nuestra izquierda, o hacia el Portalet, regreso a España y posibilidad de seguir la ruta por el eje pirenaico.
Reunión de emergencia en la cantina del pueblo para deliberar. Aparece Isabelle, la camarera. Le ponemos el garito hecho unos zorros. Como ella no entiende nuestro sentido del humor ni nosotros el suyo, cada uno se rie a su manera. A ratos, te lo digo yo, nos reíamos un poco asustados, pero nos reíamos. Isabelle, desde su sentido del humor tan galo, no paraba de dar instrucciones. Si le pedías unas bolsas de plástico, te trataba de usted. Si le pedías más bolsas de plástico, decidía que la taberna estaba llena. Si no decías nada, decía que tenías la cara triste. Incluso, decidía a quién retratar y a quién no.
Un torbellino de mujer, te lo digo.






Y a aquel momento tan gabacho, a aquella situación tan húmeda, en el que, a pesar de todo no paramos de reir, le llamamos "el capitán caratriste".







No nos arriesgamos a hacerle ninguna pregunta desde el respeto y decidimos dejar las machadas para otro fin de semana, así que enfilamos el Portalet para llegar hasta Andorra evitando la niebla. A pesar de no ser la ruta escogida, el paisaje seguía molando mucho, muchísimo.












Y llegamos hasta Andorra por el másquemotero eje pirenaico. ¡Qué carretera tan molona, oiga!

Como el principado nos recibió con las tiendas cerradas nos dedicamos a buscar alojamiento y un lugar en el que nos dieran buena cena que recuperara nuestros cansados cuerpos. Y las risas siguieron sonando en aquel pequeño país rodeado de montañas. Que se lo digan al pelirrojo y al gay.

Y a aquel momento, en el que seguimos sin parar de reir, le llamamos "el Padre Putas". Aunque no sea por lo que tú estás pensando...













El domingo tocaba volver a casa. Lo malo de volver es que se termina el viaje. Lo bueno de volver es que vuelves.
Decidimos hacerlo por Envalira (nevado), por el olvidado col du Port y luego iríamos viendo cómo íbamos de tiempo. Lo que viene siendo, sobre la marcha.







Y llegamos a Saint Girons, por supuesto mucho más tarde de lo previsto. Yo tenía interés en seguir cruzando algunos puertos más, primero porque quería llevar a mis amigos a una humilde crepería de montaña extraordinaria, segundo porque tenía interés en pasar por el Aspet, aunque nada dijera al respecto.
A Edu se le hacía tarde y quería ir en busca de la autopista, aunque fuera solo. Pero no era buena idea irse solo, por cuanto puediera suceder. Y decidimos ceder todos un poco: un puerto más y a por la autopista.

El ascenso fue divertidísimo. Dos moteros locales nos iban marcando la ruta. Yo cerraba el grupo. Hicimos cumbre. La crepería no estaba allí tampoco... bueno, en otro viaje será.
Curva, curva, curva, que se nos acaba lo bueno antes de llegar a la aburrida, pero en ocasiones necesaria, autopista. Y allí, al salir de una curva cualquiera, en el arcén se erigía un monumento blanco, rodeado de flores... o de estrellas tal vez.
Solté el acelerador, aminorando la velocidad. Quise avisar a mis amigos que ya desaparecían por la siguiente curva... no quise estropearles un descenso tan divertido así que guardé mi particular "segundo" de silencio y le prometí a Fabio Casartelli que en otra ocasión volvería con más tiempo. En la siguiente curva, esa por la que segundos antes mis amigos habían desaparecido, Simba, mi maravillosa moto que en los anteriores 102.000 kilómetros no había tenido ninguna avería, no frenó. Como en las películas, apretaba el freno, y la velocidad no se reducía.
Fui trazando la curva hasta que pequé lateralmente contra el pretil. Fui rozando hasta que finalmente perdí el equilibrio y caí.


El motor de Simba seguía sonando, tumbada en medio de la calzada, mientras perdía aceite a borbotones por uno de sus cilindros... hasta que se paró para siempre.
Mis amigos aparecieron rápidamente. Yo no me podía levantar. Me dolía mucho un costado. Desde el interior de mi recién estrenado casco (lo nuestro fue corto pero intenso) puse cara de "la que he liado".
El resultado fueron dos costillas rotas (que ya soldarán) y brindarles a mis amigos la oportunidad de lucirse como tales. Y vaya que si lo hicieron... en el ciberespacio no cabe el sentimiento de agradecimiento. Se preocuparon de absolutamente todo de manera magistral. Yo no hubiera sabido hacerlo todo tan bien, con tanto cariño, respeto y amistad.

Y a aquel momento, en el que por primera vez en todo el fin de semana dejamos de reirnos, en el que el monumento de Casartelli consiguió que llegara a la curva mucho más lento de lo que hubiera sido sin él, en el que escuché rugir el motor de Simba por última vez, en el que mis amigos demostraron su amistad, yo le llamo GRACIAS.
De verdad de la buena.




(Última foto que hice a Simba antes del percance. ¡Guapa!)