Siempre regreso feliz de mis viajes, porque vuelvo; y triste, porque regreso. Después los guardo en este escondite; para que no se pierdan, para que nunca terminen.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Los viajes comienzan en cualquier parte






Un día fui con mi amigo Urtzi a Colonia. 
Unas noches antes, durante una cena, alguien recordó que en la ciudad germana se iba a celebrar una feria de motocicletas. Y, entonces, comenzó el viaje.
Alemania está bastante lejos, pero vaya, tampoco da para ir en tres meses. Así que decidimos llegar hasta allí en un día y luego ya veríamos. 
El día de autos, madrugamos un poco y como teníamos bastante prisa, tardamos una hora en tomar el café del desayuno mientras planeábamos pasar por tal o cual carretera. Los viajes hay que marcarlos desde el primer minuto, está claro.
Y, como era de esperar, no llegamos. Se nos lió la cosa al cruzar París.
Como el día siguiente estábamos muy cerca ya de Colonia, nos fuimos a Bélgica. Urtzi se había comprometido a llevarle a su señora unos bombones belgas que a ella le gustan mucho. De Brujas, te diré.






Solucionado el asunto del dulce amargo tiramos hacia Holanda, que tenía yo interés por retratar un lindo farito en La Haya.
Así que enfilamos la divertida costa del país de los tulipanes. Diques, dunas, estuarios, playas, esclusas, molinos, bahías, canales, compuertas… a veces por encima del nivel de mar, a veces por debajo. Unas risas, vaya.
Y, como era de esperar, llegamos de noche a La Haya, encontramos otro faro que nada tenía que ver con el que yo buscaba y nos fuimos a Colonia, que a eso íbamos.




En Colonia había muchas motos, innumerables accesorios para viajar, para molar, para pasear, para correr, para protegerse y para algunas cosas más. También había una sauna, bastantes cervezas y un equipo canadiense de hockey sobre hielo.
Y de Colonia no tengo más que decir.

Como el día siguiente tocaba iniciar el regreso a casa, nos fuimos a Suiza. Me encanta Suiza. Puedes pasar cien veces por la misma carretera y fijarte en cien detalles diferentes, puedes parar frente a una montaña cualquiera, respirar hondo, sonreír y celebrar la suerte de ser parte de ese hermoso paisaje en ese momento.





A nosotros nos pasó en Vevey. Llegamos cuando el sol comenzaba a esconderse y el alma del lago despertó. Sabré acordarme toda la vida de aquella luz. Fijo.
Luego llamamos a Alex para tomar una cervecita y ya se ocupó él de los vítores a San Roque y de todo lo demás. En ocasiones las redes sociales son una caja de sorpresas. ¡Qué suerte tan grande!



Cuando nos despertamos al día siguiente estábamos a once horas de casa, curiosamente, igual que cuando nos acostamos. Así que decidimos pasar la mañana por Chamonix y los Lacets de Montvernier. Hubiera sido imperdonable pasar por allí y no acercarnos.

Y, como era de esperar, llegamos de noche a casa. 
Ya se sabe que, después de todo, viajar lleva su tiempo.



Publicado en Motoviajeros en noviembre de 2018

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